martes, 17 de febrero de 2009

Asado de fin de semana

La Cata me llamó para que fueramos a un asado en la casa de un pintor amigo de ella, “eso sí”, me adviritió “¡ni se te ocurra hacerte cargo del asado! Y pórtate bien”...


Llegamos a la casa, se hacen las presentaciones pertinentes  y el primer comentario del tipo fue “¿así que tú eres la que es marino?”; “fuí, ahora soy cobradora” le respondí. Hasta ahí llegó el diálogo, al menos en primera instancia; después, sonreí cuando había que sonreir, admiré su casa, la decoración y su gusto musical; incluso, tuve la suficiente cultural general como para reconocer  el estilo del diseñador de su mesa de centro. Todo politicamente correcto hasta que llegamos a la hora crucial: poner la carne en la parrilla. El asado empezaba y yo había prometido no opinar del tema y mucho menos hacerme cargo de él.

 ¡Shit! Primero me fijé en la pésima elección de parrilla: entre un medio tambor y una de juguete, el tarado optó por una cagá chica dónde no había forma de mover el carbón sin que la carne se llenara de ceniza.

-          ¿Y porque no hiciste el fuego en la parrilla grande?
-          Es que tiene unos agujeros en el fondo
-          Los podrías haber tapado con alusa foil...
-          ¿No se quema?
-          Nop, es papel metálico...
-          Aaaahhh, que buena idea, no se me habría ocurrido.

(...chas chas lo abofetié mentalmente por “amermelao”...)

Resumo: cuando ví que el carbón prendía fuego por la grasa del pollo y el tipo pretendió apagar las llamas con agua,  no aguanté más y, con mi mejor tono de mando, le dije “yo me hago cargo del asado” mientras estiraba la mano para que me pasara  el cuchillo (¿se han fijado que el quién tiene el cuchillo es el quién tiene el mando?). Obedeció.

Finalmente, esa noche fui feliz:  estaba a cargo de un asado  bajo el cielo estrellado, oyendo buena música  y tomando  vodka tónica bien heladito. Casi, casi, si cerraba los ojos, podía sentir el olor a tierra mojada, el crepitar del fuego, el viento moviendo las hojas de los árboles y (soñar es gratis) el rumor de un riachuelo cercano...  (largo suspiro).

Cuando nos fuimos, la Cata me retó largo rato por mi mala conducta. Debo confesar que en primera instancia estuve de acuerdo con ella, ahora lo dudo; digo ¿porque debo dejar de hacer algo que me gusta hacer? ¿qué tiene de malo que algunas de mis conductas rompan con ciertos estereotipos?  ¿en que parte está escrito que es poco femenino hacerse cargo del asado?... ¡andaaá! ¡no me jodan!

Mi única excusa fue “sorry, pero cuando ví que le iba a echar agua para apagar el fuego que se había armado con la grasa del pollo ¡no aguanté más!”... Hasta ahora me pregunto  ¿quien mierda puede ser tan pelotudo de pretender echarle agua al asado?

¿La guinda de la torta? El pelotudo me vió pilucha, pero esa es otra historia...

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