martes, 17 de marzo de 2009

El 7

Cuervos negros de Shambalá, guiadme en vuestra oscura senda sin retorno, en ella quiero perderme y nunca más volver. Negra noche me abruma, oscura niebla me envuelve, por ti clamo locura de morir que me impulsas a vivir.


 Luces centelleantes ciegan el horizonte, temor perdido en luz de sueños posibles que aterrorizan ante el miedo de ser lo que siempre has querido ser y descubrir que ese ser no es lo que soñabas ser. Juego de palabras conexas transformadas en inconexas.

 ¿Dónde queda la cordura? ¡Oculta por la pasión! ¡Sumergida en el miedo! ¡Sepultada en la derrota! Diablos danzantes que me acosáis ¡pido un respiro! Bocanadas de aire fresco me impulsan una vez más en medio de este mundo distorsionado y maldito, mundo inmenso y pequeño, mundo oscuro y quimérico, mundo retorcido y certero ¡mi mundo!

 Camino ciego buscando el rumbo tanto tiempo atrás perdido, la nada me envuelve en tanto yo camino detrás del todo ¡no hay términos medios! Es lucha sin cuartel que inunda cada rincón del planeta, poderes que chocan y quimeras que se aplastan ¡La libertad no existe!
 ¡Shambalá! ¡Cuánto te añoro Shambalá! 

... era el monólogo que cada noche justo a medianoche repetía el paciente de la habitación 205.
Llevaba encerrado allí más de seis años, repitiendo siempre las mismas palabras, a la misma hora, y en el mismo tono agorero que enloquecía a cada uno de los que se acercaban a él.

Su ficha clínica aportaba muy poca información, básicamente su fecha de ingreso que estaba registrada un 10 de octubre de cinco años atrás. La policía lo había llevado allí luego de encontrarle vagando por las calles, cubierto solo por una larga túnica azul ribeteada de hilos dorados. No pudieron saber quién era ni de dónde venía; las únicas palabras que salían de su boca eran su discurso sin  sentido que había iniciado a pronunciarlo luego del séptimo día encerrado allí. De cierta forma parecía una invocación ¿tal vez de ayuda?  a algún ser invisible que, sutilmente, hacía notar su presencia inundando el cuarto con un tenue aroma a incienso del que nadie podía explicar su procedencia.

 Pasó cada noche de los últimos seis años, once meses y veintinueve días repitiendo la misma letanía cada noche a la misma hora, concentrado en sí mismo y sentado sobre sus piernas dobladas, repitiendo las palabras una y otras vez en un discurso eterno, dónde los labios eran los únicos que se movían en esa figura estática de brillantes ojos llenos de vacío. Pasaba así setenta minutos exactos, dónde con presición cronométrica repetía setenta veces las ciento ochenta y siete palabras que sumadas convertían su letanía en siete.
 

 El día veintinueve del onceavo mes del sexto año, víspera de cumplir siete años de encierro el hombre de Shambalá, como era conocido entre la gente del hospital, habló por primera vez. Fueron pocas palabras, las indispensables para pedir papel y lápiz los que rápidamente le fueron procurados. Con movimientos enérgicos estuvo escribiendo sin pausa por varios minutos, después fue al baño que formaba parte de su austera habitación, tomó una larga ducha,  y se vistió con su vieja túnica azul ribeteada de dorado con que la policía lo había encontrado justo 7 años al llegar la medianoche. Ese día por primera vez en todo ese tiempo, rechazó la comida y sólo bebió siete vasos de agua.

 Llegó la media noche y está vez no se sentó sobre sus piernas dobladas, se acercó a la ventana por la que entraba un rayo de luna que inundaba todo de un sutil color azul, extendió las brazos de forma perpendicular al cuerpo y los fue subiendo lentamente sobre su cabeza hasta unir las palmas de ambas manos. El rayo de luna pasaba justo en medio del espacio creado entre su cabeza y las manos. Repentinamente la habitación quedó en la más negra penumbra.

 Al día siguiente por más que buscaron al hombre de Shambalá, no pudieron encontrarlo. Parecía haberse esfumado junto con la oscuridad de la noche. Lo único que pudieron encontrar fue el papel escrito con letra prolija y en un perfecto castellano…

"Procura establecer una filosofía de vida para intentar penetrar el misterio que se oculta tras la existencia, si es necesario vive solo para que nada te distraiga, busca al siete y entenderás porque él siente la urgencia de permanecer solo, lejos de las multitudes, en contacto con la naturaleza y buscando el contacto con seres que se hagan sus mismas preguntas.
Establece una rutina para poder iniciar el análisis que lleva la consecución física sin aparente esfuerzo, y  podrás alcanzar tu meta logrando el razonamiento perfecto que siempre has buscado.
Siete son las palabras claves: tranquilidad, introspección, intuición, análisis, inspiración, filosofía y misticismo. Dios descansó al séptimo día y todas las cosas descansan bajo el siete porque se necesita tiempo para pensar y aprender.
Shambalá,  será tu recompensa."

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