viernes, 26 de junio de 2009

El Mar

No hace mucho tiempo atrás me preguntaron “¿cómo es el mar”. Me sorprendió tanto la pregunta que me quedé callada sin saber qué decir. Confieso que nunca se me había ocurrido que alguien no lo conociera (al menos un chileno, un boliviano puede ser...).

De una u otra forma el mar siempre ha estado tan presente en mi vida, que no imagino la vida lejos de él. Sí he pasado largos periodos sin verlo (largos para mí, y aquí caemos en lo relativo del tiempo) pero nunca más de doce meses. Tampoco tengo recuerdo de no haberlo conocido, es una de esas figuras que siempre han estado presentes en mi vida.

El mar. Hay personas que tienen grabada la impresión que les causó ver por primera vez esa enorme superficie de agua. Yo no recuerdo que impresión me causó al verlo la primera vez. Para mí, el mar siempre siempre ha estado vivo, imponente, dinámico, cambiante. Cuando estoy lejos, sé que antes o después llegará un momento en que necesitaré su cercanía para retomar el equilibrio, sentir como la música de sus olas templan mi alma.

El mar... ¿Cómo describirlo? Si cierro los ojos, lo primero que veo es una inmensa superficie de un ondulante y liso azul profundo, uniéndose con el celeste del cielo en algún punto indeterminado muy lejos de mí. Sigo con los ojos cerrados y siento bajo mis pies desnudos una masa suavemente uniforme que rebalsa entre mis dedos y que, de cierta forma, me hace cosquillas. En la orilla, el azul del agua se transforma en crestas blancas que se pierden entre los tonos marrones de millones de granos húmedos transformándose en el suave color miel de la arena seca. Alrededor mío, un constante rumor de mil tonos diversos.

El mar. Inhalo profundamente y un olor salobre inunda mis pulmones, mezcla de agua, peces, mariscos, algas y sal. Siento como mis fosas nasales se despejan y mis células empiezan a moverse con mayor agilidad mientras mi corazón bombea sangre con un nuevo ritmo que me llena de paz.


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