domingo, 27 de septiembre de 2009

CD

Después de mucho tiempo, hoy me puse a grabar un cd para el auto y decidí elegir entre todas las canciones que tengo en una carpeta llamada "el soto"; elegí las que me más me gustaban, tarea titánica para una libra tener que elegir solo 16 canciones de entre más de ... puf! muchas!, y no pude evitar soltar la carcajada al darme cuenta de la ensalada que debe ser mi Pc, en comparación al metódico "etiquetamiento" de cada archivo al que debe estar sometido ese pobre Mac...



(Es una de las que grabé en el CD, había un video pero lo censuraron)

miércoles, 9 de septiembre de 2009

El Rayo Verde

TU
Eres joven, ansioso de aprender todo, quieres conocer que es lo que mueve al mundo para entenderlo mejor y así ayudar a otras personas con tus conocimientos. Cada día y cada noche que tienes libre de turnos y clases, la pasas entre libros y cuadernos tomando apuntes de cada texto que lees. No quieres perderte nada de todo lo que este mundo tiene para ofrecerte.


En una de tus tantas lecturas leíste una vieja leyenda que hablaba del rayo verde, nunca habías oído hablar de él. Ese día fue la primera vez que supiste de esa historia que describía como algunas puestas de sol terminaban con la súbita aparición de un destello verde que colmaba de felicidad y suerte a quien tenía la fortuna de observarlo.


Una vez más tu sed de saber te llevó a buscar respuestas para algo en lo que no creías y fue así como iniciaste un largo peregrinar por diversas bibliotecas buscando información.


En un viejo libro de ciencias leíste que ya en inscripciones del antiguo Egipto mencionaban un sol poniente de color verde y en otro, descubriste que la primera referencia científica había aparecido en una revista de 1883. Te obsesionaste tanto con el tema que si antes pasabas días encerrado en la biblioteca, ahora permanecías allí también durante las noches averiguando todo lo que podías sobre el, para ti, extraño fenómeno.


Descubriste que las condiciones más favorables para su observación se daban en el horizonte marino, pensaste en un primer momento que era el color del mar el responsable, pero leíste que los factores que realmente determinaban la aparición del rayo verde eran los fenómenos atmosféricos de refracción, difusión y absorción. Supiste que para entender cómo nacía este rayo verde, debías conocer la forma en que la luz del sol impregnaba de colores el cielo de nuestro planeta y estudiaste el tema. Aprendiste que el aire era incoloro, y la razón por la que el cielo de día no fuese totalmente transparente se encontraba en la descomposición de la luz visible diurna; así te enteraste que los distintos colores que la componen cuentan con diferentes longitudes de onda, y la luz azulada tiene la más corta. Leíste que durante los amaneceres y atardeceres el sol se ve en una posición tal, que debe atravesar una mayor distancia a través de la atmósfera para iluminarnos, y toda la luz azul queda difuminada antes de alcanzarnos haciendo que nos lleguen las ondas de longitud más largas que son de tonalidades rojizas o anaranjadas. También aprendiste que la composición de nuestra atmósfera, la absorción causada por el polvo y otras partículas en suspensión en el aire, puede influir en los colores del sol cuando se oculta y es lo que hace ver, según la ocasión, un color más rojizo, más anaranjado... Leíste que la presencia de nubes, turbulencias atmosféricas, distintas concentraciones de vapor de agua, etc. producen cada día condiciones diversas, y la diferencia de temperatura entre los estratos de aire también se suma a los factores que determinan la aparición del rayo verde. Cada vez más sorprendido por descubrir que la leyenda era real, te sentiste todo un sabio cuando llegaste a la parte donde supiste que el sol, al acercarse al horizonte , y por efecto de la refracción atmosférica, se separaba en distintos colores quedando en su borde superior, en este orden, el violeta, el azul y el verde, y que el violeta y el azul eran difundidos por la atmósfera y por lo cual en el momento en que ya sólo el borde superior del disco es visible, es el color verde el que llega a nuestros ojos.
Cuando finalmente tu razón te permitió creer que la vieja leyenda podía ser cierta, decidiste ver con tus propios ojos el rayo verde.


Esperaste el momento oportuno. Se presentó una de esas tardes de otoño despejadas y frías, dejaste tus libros y partiste rumbo al mar. Ingenuamente creías que era cosa de llegar y verlo, igual que los libros: abrir y leer, pero la naturaleza es libre y regala sus dones sólo a quienes le son fieles. Esa única tarde que quisiste ver el rayo verde, no lo lograste, y nunca más lo volviste a intentar.

YO
Voy a cumplir 90 años, alguna vez fui joven, bella y talentosa. Ahora soy una vieja solitaria y gruñona que habla con gatos y canta con pájaros, vivo sola y sin ataduras. En mis días buenos me siento libre de sentimientos que me amarren; en los malos, el peso de los recuerdos me aplasta y no me dejan respirar.


La vida y las personas me fueron traicionando y yo me fui apartando cansada de ser herida, aburrida de llorar escondida por poseer un orgullo que me impedía mostrar debilidad, acostumbrada a parecer fuerte cuando en realidad era frágil. Era una ingenua que creía en un mundo de sueños que nunca se cumplieron, era una enamorada del amor que nunca encontró el amor que se enamorará de mí.


Perdona, estoy divagando, pierdo el rumbo fácilmente, mi memoria ya no es lo que era antes, posiblemente sean los años que me hacen tener tantos recuerdos enmarañados en mi cabeza luchando por salir una vez más, tal vez la última.


Esta fría tarde de otoño quiero disfrutar la puesta de sol; no te imaginas las cosas que he visto aquí, tampoco pienso describírtelas, no es lo mismo que te cuenten algo que vivirlo. Te podría hablar del rayo verde, seguro que nunca lo has visto, no me preguntes qué lo causa porque no lo sé, debes creer que es una leyenda, pero existe, yo lo he visto.


Fue en una tarde como esta, de fines de otoño, el día había estado frío y sin una sola nube, los colores brillaban intensamente dándole vida incluso a las piedras, el mar estaba calmo, no había viento, las olas lamían suavemente la playa jugando con la arena que se perdía entre los dedos de mis pies desnudos. Las gaviotas estaban más ruidosas que de costumbre, como esperando algún echo único. Refrescó, tuve frío y me fui a sentar sobre un viejo tronco que el mar había dejado allí cerca durante el último temporal.


El sol ya tocaba el agua, era una bola de fuego que semejaba estar bañándose en el inmenso Pacífico que ese día hacía honor a su nombre; el naranja se espejaba en el agua y la media circunferencia parecía un círculo completo. El cielo empezaba a teñirse de esa furia dorada que desprendía el sol en su despedida rumbo a otras tierras. Ya quedaba poco de ese rey majestuoso retirándose envuelto en toda la pompa que su fuerza le permitía. Fue justo en ese instante que lo vi: un rayo verde agua salía de él, parecía un guiño coqueto pidiéndome que lo siguiera. Cuando reaccioné a su llamado, era tarde. No estaba. Me había dejado sola en la playa y él caminaba ya lejos iluminando a otras personas. Ese día me prometí que la próxima vez que lo viera lo seguiría.

ELLOS
Los que conocen la historia dicen que fue una fría tarde de otoño, cuando la playa estaba vacía excepto por dos personas: una vieja andrajosa de corta cabellera blanca y profunda mirada azul, y un joven bien vestido con cara de estudiante recién salido de la universidad. Cada uno se sentaba lejos del otro como no queriendo percatarse de su mutua presencia, aislados en sendos mundos particulares y siempre atentos al horizonte como buscando algo.


Cuentan que todo fue muy rápido. El sol ya parecía hundirse completamente en el mar cuando sorpresivamente la anciana echó a correr en dirección al agua con tal agilidad que contradecía la avanzada edad que parecía tener. No hubo tiempo para nada, antes que el joven pudiera sacarse los zapatos y meterse entre las olas, ella había desaparecido.


Hasta el día de hoy nadie entiende lo que pasó. Esa tarde el mar estaba calmo y no había marejada con fuerza suficiente para arrastrar un cuerpo y hacer que desapareciese con tal velocidad. Ella nunca más regresó, dicen que ahora cabalga a lomos de un verde corcel mientras un viejo andrajoso es ahora quién otea incansablemente el horizonte…