martes, 4 de enero de 2011

Susurritos la gallina empalagosa

Susurritos era la gallina más coqueta del gallinero, ella en vez de cacarear en el tono agudo de sus demás compañeras, lo hacía de una forma ronca y suave que volvía loco al gallo de turno. La verdad es que era toda una seductora, además de ese sensual cacarear que la caracterizaba, ella tenía un plumaje brillante que cada mañana demoraba horas en ordenar con su pequeño pico.

Las otras gallinas no querían mucho a Susurritos, digamos la verdad: las otras gallinas la detestaban. Envidiaban cada pluma y cada cacareo suyo, cada mirada que le daba el gallo de turno y cada piropo que recibía de sus admiradores. Las cosas por su nombre: ellas eran unas viejas cluecas de plumas desgreñadas que solo sabían buscar el grano y hablar mal de todo el mundo, y Susurritos era una viva la vida que sabía reírse hasta en las situaciones más peliagudas. Por ejemplo una vez, curiosa como buena mujer, salió del gallinero y se aventuró al mundo y un coche casi la mata: en vez de asustarse le vino la risa floja como decía ella, y cacareaba feliz contando su experiencia y diciendo que era lo más emocionante que le había ocurrido en su vida, que nunca había sentido sus plumas más vivas y que feliz lo repetiría; en otra de sus escapadas al mundo llegó hasta el río, allí nuevamente su curiosidad la llevó a aventurarse más allá de sus habilidades, y terminó de cabeza en el agua aleteando como loca. Cuando finalmente logró llegar a la orilla con la ayuda de su amigo burro que pasaba por allí, su alegre carcajada anunciaba que lo había pasado bomba con ese baño imprevisto.

Era todo un personaje Susurritos. Las gallinas viejas no la entendían mucho, hablaban mal de ella, pero sin ella morían del aburrimiento ¡siempre les daba tema de conversación!

Un día, las puertas del gallinero se abrieron enérgicamente e hizo su aparición un nuevo miembro de ese emplumado vecindario: una nueva gallina había llegado. Era grande, cacareaba poco pero no pasaba desapercibida, y desde el primer momento demostró tener un carácter fuerte que asustó a todos. Casi no hablaba pero hacía notar su presencia de un modo silencioso pero contundente.

Susurritos, que era muy sociable (lo de ser curiosa ya lo hemos dicho), enseguida buscó hacerla sentir parte de la comunidad y saber de su vida. Le habló con su suave voz pero la recién llegada la miró y le dijo en tono seco y cortante “tu cacareo es muy empalagoso, además eres una preguntona”. Se hizo un silencio sepulcral, todas las gallinas dejaron lo que estaban haciendo esperando ver la reacción de Susurritos a quién nunca en su vida nadie le había dicho una sola palabra ofensiva, no porqué no lo pensaran, sino que por temor a su aguda lengua que siempre estaba lista para un enfrentamiento…

-Chulitas a mi...las deshago con mis dulces modales.
-¿Sí? Yo a las choritas me las como con limón.
- ¿Y eso?
- ¿Además de empalagosa tonta? ¿Pero que idioma hablas tú?
- ¡Huy! estamos apañadas… ¡una sudaca!
- Cagamos, una española.
- Mira maja, si tú lo dices, será. No te metas conmigo y yo no me meteré contigo. Vive y deja vivir.
- ¡Chuuuuu! Salió filósofa la empalagosa
- Salió gilipollas la grandota.

Mientras este diálogo se desarrollaba, las otras gallinas estaban silenciosas sin perder detalle del intercambio de palabras ¡primera vez que alguien se atrevía a responderle a Susurritos! y permanecían expectantes esperando ver cuando pasaban de las palabras a los golpes.

-Gilipollas serás tú ¿pero que te has creído maja? ¿Qué no entendería tus insultos? Para que te enteres, de pollita viví en España ¿cómo te quedó el ojo?
- ¿El ojo? ¿Qué le pasa a mi ojo? ¿Se me corrió la pintura?
- Sí serás inocente…
- Pero a ver tía ¿tu de que vas?
- ¿Yo? ¡Ni idea! ¿De pacifista?
- Vamos maja, que si tú vas de pacifista yo voy de monja.
- ¡Monja! jajajajajajaja ¿¡tú monja!? JAJAJAJAJAJA cof cof agh cof

Y la nueva se empezó a poner morada. Fue tal el ataque de risa que le vino al imaginarse a la descocada Susurritos con el negro hábito de monja, que los ojos se le pusieron saltones, la respiración le faltó y las plumas de la cabeza adquirieron un tono lila muy poco sentador. Susurritos no se quedó tranquila, sería una empalagosa, es cierto, pero tenía un corazón de oro y de verdad se angustió al ver como le faltaba el oxígeno a la recién llegada: saltó sobre ella y agitando sus alas empezó a hacer circular el aire mientras bailoteaba sobre la espalda de la asfixiada y dejando de susurrar por una vez en su vida gritaba agitada – respira Biotza ¡respira!- . El resto del gallinero se quedó con el pico abierto mirando todo y sin atinar a hacer nada, eran unas viejas ineptas que sólo servían para el cotilleo.

El susto pasó, Biotza (la nueva se quedó con ese nombre para siempre aunque lo encontró algo empalagoso cuando supo que significaba “corazón” en vasco) recuperó sus colores y Susurritos dejó de gritar.

- OK, ya estoy bien, te puedes bajar de mi espalda
- Ya, ya, no empieces a rabiar de nuevo que ya ves lo que te pasa por meterte conmigo.
- No rabio, sólo digo que te bajes de mi espalda, yo seré grandota pero tú no eres liviana.
- ¿Insinúas algo?
- No, digo lo evidente. Vamos, que ya no eres una polluela de medio kilo.
- ¡Si serás!...
- ¿Sincera? Sí, bastante, aunque más de algún problemilla me ha traído eso de decir las cosas por su nombre.
- No era precisamente sincera la palabra que tenía en mente.
- Da lo mismo, venga, me has salvado la vida, te invito al bar a tomar un pisco sour.
- ¿Y eso que sería?
- ¡Elixir de vida! Tú confía en mí que alguna vez fui tabernera.
- ¡Huy! que confíe e ti me dices ¡si apenas te conozco y más encima solo hemos peleado desde que llegaste al gallinero!
- Nada, será que en el fondo nos parecemos: somos gallinas negras.
- ¿No será ovejas?
- Dime ¿tu cacareas o balas?
- Cacareo, aunque dicen que más bien susurro.
- ¿Ves? Eres gallina, no oveja ¡veo que me tocará explicarte todo!
- Tanto como todo… ¡Vamos! ¡Que tampoco exageres! Te apuesto que no sabes como conquistar un gallo...

Y así se fueron caminando hasta el bar entre cacareo y cacareo, y lo que empezó como una tremenda trifulca terminó en una gran amistad. Eso sí, Susurritos nunca le agarró mucho gusto al pisco sour y siempre prefirió la coca cola.

¡Ah! Y las viejas gallinas se quedaron con las ganas de ver la lucha en el barro que tanto prometía en un principio, y en vez de eso les tocó sufrir las bromas que les gastaban esas dos gallinas negras, que, como bien decía la más vieja del gallinero al hablar de ellas “se juntaron el hambre con las ganas de comer”. Pero eso ya es otra historia…

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