viernes, 8 de abril de 2011

Una Cerveza y la gata

Una cerveza, el encendedor, cajetilla de cigarros, cenicero, música de fondo, temperatura adecuada, teléfono desconectado, cortinas cerradas para no distraerme con el paisaje ¿no me queda nada por hacer? ¡baño! No vaya a ser que me den ganas de ir al baño justo en el momento menos adecuado ¡no se mueven! ¡ya vengo!....

… ¡Volví! Entonces ¿en qué estaba? ¡sí! Controlando que todo estuviera en orden para ponerme manos a la obra (eso de controlar es una forma de decir, en el fondo es evitar tener que ponerme a trabajar)…

Gatos, podría contar algo sobre los gatos, con lo que me gustan y sé de ellos nunca he escrito nada de gatos, solo la despedida que me tocó improvisar para la Tábata cuando murió. No me acuerdo mucho qué decía, sí recuerdo el entierro: los niños quisieron hacerle un entierro con todas las de la ley y no tuve más opción que hacer las cosas como la gente.

Recuerdo que cavé su fosa entre las docas del jardín. Pobres plantas, confieso que descargué sobre ellas mi rabia e impotencia, mi pena; agarré primero la pala pero como no avanzaba mucho con ella por lo duro del suelo, tomé la picota, y cada vez que la clavaba en tierra con toda la fuerza de mis brazos soltaba un improperio, cada tanto tiraba todo lejos y daba un par de patadas al suelo reclamando por tanta injusticia, luego retomaba mi trabajo. Confieso que fue una especie de catarsis, luego de sudar mi pena y gritar mi rabia quedé mucho más tranquila y pude poner mi mejor cara de “no ha pasado nada, todo bien”. Una vez que su tumba estuvo preparada envolví su cuerpo en una vieja sabana floreada, no sé, de cierta forma me daba cosa dejarla allí en la fría tierra sin nada que la abrigase. Recién en ese momento les dije a los niños que estábamos listos, que se podía dar inicio a la ceremonia.

Salí yo primero (el burro adelante para que no se espanté) con la Tábata en brazos envuelta en flores, los niños venían detrás mío con cara de circunstancia, callados y sin pelear entre ellos por quién iba primero. Llegamos al lugar dónde había cavado la tumba y ellos se pusieron ordenadamente a un costado y yo al otro, pensé que sería cosa de ponerla en el agujero y cubrirla con la tierra que había retirado, pero no ¡garrafal error!, estaba tomando la pala para iniciar la triste labor y terminar cuanto antes con ese trabajo que me tenía con la garganta apretada, cuando uno de ellos me dice “en los entierros de las películas siempre hablan para despedir a los muertos, tienes que decir algo de la Tábata, no puedes llegar y taparla así nada más”.

Confieso que quedé para dentro, sobre todo al ver un par de lágrimas que brillaban en sus ojos, las mismas que yo trataba de esconder pagando el precio de una incipiente jaqueca. ¿Por qué será que los adultos escondemos el dolor a los niños? Creo que ellos lo manejan mucho mejor que uno, demuestran lo que sienten, preguntan en voz alta lo mismo que se pregunta uno pero no dice y lloran sin preocuparse en que el otro puede pensar que hace el ridículo. Decidí que diría lo que me viniera del corazón sin cuestionarme nada, sin pensar nada, solo sintiendo. Recuerdo que empecé diciendo algo como “estoy triste, tengo pena”. Ya con eso sentí que los niños respiraban más tranquilos, de cierta forma creo que se sintieron acompañados en su dolor.

Sé que es una tontería tener pena por un animal, pero que quieren que haga, yo a esa gata la quería mucho. Tenía tantos colores que parecía uno solo: clavo oxidado.

Era insoportablemente juguetona, corría detrás de las cáscaras de nueces, cazaba moscas, saltaba por los muebles, escalaba libreros, husmeaba cajones, robaba almohadas, me escondía los lápices… Dormía en los canastos, se robaba mi almuerzo y compartía mi desayuno, maullaba constantemente pidiendo atención y ronroneaba de felicidad, me lengüeteaba de gusto y arañaba de confusión.

¡Era genial esa gata! Bien catete la verdad, pero más que nada por que era cachorro y se la pasaba jugando, no había cáscara de nuez que se salvara, las sacaba del canasto pequeño que está dentro de la paila de cobre grande con la leña al lado de la chimenea, y empezaba a jugar fútbol por todo el salón con ellas ¡zas! ¡pin! ¡zas! y pasaba la gata corriendo detrás de la cáscara que apenas un instante antes había chuteado a corner con la zarpa derecha (ni idea si eso de chutear a corner está bien dicho o no, pero me gusta como suena). Sí, era única.

“Tabata… ¿Dónde estarás? Quiero pensar que volviendo loco a San Pedro persiguiendo su manojo de llaves, estoy convencida que los animales también se van al cielo. Te lo habrías pasado tan bien este fin de semana, la casa llena de niños jugando, Matías trajo su pelota nueva y seguro lo habrías hecho rabiar tratando de morderla, y Miguel te habría hecho rabiar a ti tratando de amarrarte esas cintas que tanto detestabas en la cola. Llegó la Antonia, te buscó por todas partes, la abuela le explicó que te habías ido al cielo, que estabas junto a la luna y las estrellas, y ahora ella estira su bracito y apuntando al cielo dice ñaú…


Tabata, mi niña, ¿seré loca por echarte tanto de menos?”

Cuando me quedé callada y los niños se dieron cuenta que había terminado de hablar, Agustina se acercó y como si lo hubiera ensayado antes, tomó un puñado de tierra con su mano y lo lanzó sobre la sábana floreada que envolvía el cuerpo de la gata; luego, los demás niños, la imitaron en silencio ¡y sin pelearse por quién le tocaba! Cuando todos habían arrojado su puñado de tierra en la tumba me miraron con cara de “ya, ahora sigue tú con la pala”. Así que seguí yo con la pala.

Increíble, permanecieron callados y sin moverse mientras la fosa se iba llenando de tierra, luego, cuando empecé a comprimirla, vino el desorden: se pusieron a dar pisotones para apretarla mejor. Unos (ellas) reclamaban que eso era faltarle el respeto a la gata, otros (ellos) decían que era mejor para que se apretara bien. Cuando decidieron que ya no se podía aplastar más la tierra, hubo que decorar la tumba; mientras algunos buscaban palos para hacer una cruz, otros recogían flores y piedrecillas y yo me robaba unas plantas del jardín del vecino. Cuando ya el sol se ponía en el horizonte dimos el trabajo por finalizado. Tabata descansaba bajo una cruz de brazos caídos, rodeada de piedras irregulares y cubierta por flores. Era una tumba llena de amor.

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